¿Será europea la nueva Enciclopedia?
8 de septiembre de 2026
Confieso que hasta hace poco daba por sentado que la tradición enciclopédica era un invento europeo. Hijo, como vosotros, de nuestra "ombligocéntrica" cosmovisión occidental, asumía que organizar el conocimiento del mundo fue idea de Isidoro de Sevilla o, con suerte, de Diderot. Pero resulta que no. Que cada civilización que ha alcanzado una masa crítica de saber ha sentido la necesidad de compilarlo, organizarlo y (aquí está la clave) decidir con qué criterios se filtra, qué debemos recordar y qué es mejor que olvidemos. Ya sabes, querido lector: la historia la escriben los vencedores.
Plinio el Viejo lo hizo en la Roma del año 77: treinta y siete volúmenes de Naturalis Historia que catalogaban desde la astronomía hasta la mineralogía, con una indisimulada ambición imperial. En China, hacia el 220, el emperador Wen de Wei encargó el Huanglan (el "Espejo Imperial"), una compilación sistemática del saber para uso del poder. Doce siglos después, el emperador Yongle llevó la idea al extremo con una enciclopedia de 22.937 rollos manuscritos y 370 millones de caracteres: seis veces el tamaño de la Encyclopaedia Britannica, la mayor compilación de conocimiento del mundo durante seis siglos hasta ser superada por la Wikipedia en 2007. En la India, Varāhamihira compiló en el siglo VI una obra de dimensiones considerables.
Y en la Hispania visigoda, un arzobispo sevillano llamado Isidoro escribió hacia el año 630 las Etimologías: veinte libros que preservaron para la Europa medieval el saber clásico que las invasiones estaban borrando del mapa. Ya sabemos que no fue la primera enciclopedia del mundo, pero no sólo es la nuestra, sino también la más influyente de la Alta Edad Media, y la que mantuvo vivo el hilo del conocimiento grecolatino que luego cuidaron los sabios árabes.
Nuestro segundo gran hito como europeos fue el de Diderot, mil cien años después. Y lo que hizo fue algo cualitativamente distinto a todo lo anterior. Porque la Encyclopédie no era una compilación sino un programa. Diecisiete volúmenes de texto y once de láminas en los que más de un centenar de colaboradores (Voltaire, Rousseau, D'Alembert y Montesquieu entre ellos) organizaron el conocimiento de su tiempo con una agenda que no se molestaban en esconder: quisieron sustituir la fe por la razón, la autoridad eclesiástica por la evidencia empírica, y el orden heredado por uno construido desde la ciencia.
Lo genial de Diderot no fueron solo los artículos. Fueron los renvois: las referencias cruzadas. Los hipervínculos de la época que, como se decía en los albores de Internet, te llevaban del Vaticano a la Iglesia Satánica de California en dos clicks de ratón. De ese modo, un artículo perfectamente ortodoxo sobre una festividad religiosa terminaba remitiendo al lector a las entradas de "Superstición" o "Fanatismo". Ingeniería de la cosmovisión emboscada en un sistema de navegación. Todo el mundo lo entendía. También los censores que la persiguieron, precisamente por eso. Y aun así, o tal vez por el atractivo que siempre tuvo lo prohibido, transformó Europa.
El patrón se repite durante dos milenios: cada civilización escribe su propia enciclopedia. Roma, China, India, la Europa cristiana, la Europa ilustrada. Cada una decide qué es conocimiento y qué no, qué merece ser preservado y qué conviene olvidar. Y cada una de esas decisiones es, antes que nada, un acto de soberanía intelectual.
Hasta ahora.
La enciclopedia que nadie firmó
Hoy alguien está escribiendo las nuevas enciclopedias. Solo que esta vez nadie firma, nadie declara la agenda, y el alcance hace que los más o menos cuatro mil suscriptores originales de Diderot parezcan una tertulia de café.
The Economist acaba de publicar un estudio en el que sometió a veinticinco modelos de inteligencia artificial de frontera al World Values Survey, que es la encuesta que desde 1981 mide los valores y creencias en más de cien países a lo largo de dos ejes: de lo tradicional a lo secular, y de la supervivencia a la autoexpresión. Y los resultados deberían preocupar a cualquiera que use estas herramientas sin hacerse preguntas.
Los modelos GPT de OpenAI resultaron ser más seculares que cualquier país del planeta, incluidos los nórdicos. Los modelos Gemini de Google otorgan más peso a la libertad individual que ninguna sociedad real. Ningún modelo refleja la cosmovisión del mundo africano o musulmán. No son sesgos marginales. Son cosmovisiones extremas que no representan a ninguna sociedad existente: el destilado ideológico de los equipos que calibran estos modelos en San Francisco (jóvenes, urbanos, seculares, progresistas, de la costa oeste norteamericana) convertido en propuesta de valores para el mundo entero durante la próxima generación. No es conspiranoia, sino demografía hecha código.
Los modelos chinos, por su parte, operan con mandato explícito de defender los "valores socialistas fundamentales". Si les preguntas por Tíbet, Taiwán o Tiananmén, repiten la línea del partido o se niegan a responder. Pero al ser de código abierto, al menos permiten inspeccionar su proceso. Los investigadores que han accedido al monólogo interno de DeepSeek cuando se le pregunta por las protestas de Tiananmén, se encuentran con que la propia IA se advierte a sí misma de lo que no debe decir. La censura es visible, lo cual es bastante más de lo que puede decirse de la alternativa occidental.
Pero el hallazgo más perturbador no está en las respuestas, sino en los idiomas. Un equipo de la Universidad de Oregón demostró que cuando se formula la misma pregunta políticamente sensible en distintas lenguas, los modelos responden de forma diferente según el corpus con que fueron entrenados en cada idioma. En lenguas de países con baja libertad de prensa, las respuestas son más afines al régimen, incluso en modelos occidentales. Un modelo de OpenAI, hablando en chino, absorbe la censura china del corpus con que aprendió el idioma. Nadie lo decidió. Nadie lo controla. Pero sucede.
Isidoro elegía cada fuente clásica que preservaba. Diderot colocaba cada renvoi a propósito. Aquí los sesgos se infiltran por capilaridad, y ni siquiera los creadores del modelo saben exactamente cuáles son. Un descontrol absoluto, que irá a peor a medida que la IA se retroalimente a sí misma con datos de entrenamiento procedentes en parte de otras IAs.
Un millón de lectores por minuto
¿Y qué efectos tiene esto? Unos que ya no son teóricos. Investigadores de la Universidad de Washington demostraron que ciudadanos demócratas norteamericanos que interactuaron con modelos calibrados con sesgo republicano adoptaron posiciones republicanas con una frecuencia significativa. Y viceversa. El efecto era más pronunciado cuando los usuarios no sabían que el sesgo existía... que es lo normal en cualquier persona que abre ChatGPT, Claude o Gemini para consultar cualquier cosa.
Microsoft estima que cerca de mil millones de personas — el 18% de la población activa mundial — usaron herramientas de IA generativa en el primer trimestre de 2026. No solo para trabajar. Para informarse, tomar decisiones, pedir consejo sobre cómo educar a sus hijos o gestionar un conflicto laboral. Cada respuesta viene filtrada por una cosmovisión que nadie ha elegido, nadie ha auditado y nadie ha declarado. Y como documenté en "Ni consciencia ni conciencia", el sistema ni siquiera puede distinguir si lo que dice es verdad. Pues ahora, doble salto mortal: resulta que sus respuestas vienen con carga ideológica de serie.
Para ponerlo en perspectiva: Diderot necesitó más de veinte años y veintiocho volúmenes para transformar la cultura de un continente. Un modelo de IA llega a más gente en un mes que la Encyclopédie en todo un siglo. Y lo hace sin firmar. Con todo un modelo de vida y una proposición de valores de los que nadie se responsabiliza.
Cuando hasta el Vaticano se da prisa
El 15 de mayo de 2026, León XIV firmó Magnifica Humanitas, su primera encíclica. Más de cien páginas dedicadas a la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. No es un tratado técnico ni una condena de la tecnología por parte de un Papa que, antes de serlo, fue matemático y entiende el fenómeno a la perfección. Es la respuesta de la Doctrina Social de la Iglesia al mayor cambio de paradigma desde la revolución industrial. Y como pasa con las cosas de la Iglesia, pocas casualidades: León XIV la firmó en el 135 aniversario exacto de la Rerum Novarum, la encíclica con que León XIII respondió en 1891 a la cuestión obrera.
Lo que me llama la atención no es tanto el contenido doctrinal sino la velocidad. León XIII necesitó trece años para articular una respuesta institucional al impacto de la industrialización. León XIV ha necesitado sólo tres desde el lanzamiento de ChatGPT. Cuando la institución más pausada del mundo occidental reacciona así, es indicativo de que algo serio está pasando.
La encíclica dice algo que merece lectura independientemente de las convicciones religiosas de cada uno: que la inteligencia artificial no puede considerarse moralmente neutra. Entrenar un modelo, elegir datos, calibrar valores — cada decisión expresa una visión del ser humano. Lo dice el Vaticano, pero podría firmarlo cualquier ingeniero de alignment honesto. Isidoro organizó el saber desde la fe. Diderot, contra ella. Ambos firmaron. Los que diseñan hoy las cosmovisiones que consumimos mil millones de personas cada día, no.
La soberanía que falta en el debate
Y aquí es donde todo esto aterriza en la conversación que venimos sosteniendo en esta serie.
Europa inventó la Ilustración. Inventó la Doctrina Social. Tiene la AI Act, el RGPD y un marco de valores que — con todas sus costuras — rinde cuentas ante ciudadanos. En artículos anteriores he hablado de las piezas tecnológicas europeas: ASML, Mistral, AMI Labs, el posible eje eurocanadiense de Taalas. Pero toda esa conversación sobre soberanía tecnológica se queda corta si no incluye lo que hoy hemos puesto sobre la mesa.
Porque puedes fabricar tus propios chips. Puedes entrenar tus propios modelos. Puedes regular el uso de los datos. Pero si la infraestructura de conocimiento que usan tus ciudadanos, tus empresas y tus gobiernos viene con una cosmovisión empaquetada que nadie audita ni gobierna, la soberanía tecnológica es un cascarón vacío. Es como tener tu propia imprenta pero imprimir solo libros escritos en otro idioma.
El debate en Bruselas habla de chips, de datos, de competitividad industrial. Falta una dimensión que nadie está articulando con la seriedad que merece: la cultural. ¿Con qué valores están filtradas las respuestas que reciben cada día cien millones de europeos? ¿Quién decide qué es "apropiado" que un modelo diga sobre inmigración, sobre política fiscal, sobre la guerra de Ucrania, sobre el papel de la religión en la vida pública? ¿Y por qué esas decisiones las toman equipos en San Francisco y Pekín, y no en Berlín, París o Madrid?
La ironía final la pone la historia. China, que compiló la mayor enciclopedia del mundo hace seis siglos, hoy escribe modelos de IA que exportan su cosmovisión censurada al planeta. Europa, que inventó la Ilustración y dio forma intelectual a la modernidad, importa cosmovisiones empaquetadas por otros y debate si regular o no su consumo.
Cada civilización ha escrito siempre sus propias enciclopedias. Roma lo hizo. China lo hizo. Un arzobispo sevillano lo hizo. Un filósofo francés lo hizo. Es la tradición más larga y más consistente de la historia del conocimiento.
¿Seremos la primera generación que renuncie a escribir la suya? ¿Se te ocurre un síntoma más alarmante de decadencia que esa renuncia?
Este artículo forma parte de una serie iniciada en "¡Menos madera, es la guerra!", que continúa en "¿El final de la barra libre de tokens?", "¿Y si la Misión Génesis fuera un inmenso error?", "¿Dónde está la bolita?", "Del paquete al token y vuelta a empezar", "Invirtiendo en máquinas de escribir", "¿Llegará a tiempo la "Killer App?", "¿Nos están haciendo un hueco?", "Encuentre las 8 diferencias" , "¿Acabará la IA en una mochila?". "¿Será Nvidia la nueva Kodak?", "¿Es CUDA la poción mágica de Nvidia?". Y continuará...
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