¿El final de la barra libre de tokens, o algo más serio?
27 de abril de 2026
Esta mañana, en un foro interno de Sngular, un compañero alertaba de que Typeform —una herramienta habitual para hacer encuestas y formularios— va a eliminar una funcionalidad que hasta ahora venía incluida en su plan. Los mensajes automáticos de seguimiento que se disparan cuando alguien completa un formulario, pasan a estar "tokenizados". Ya no son parte de lo que se obtiene por pagar una suscripción, y empiezan a costar en función de cuánto se usen.
Es curioso cómo el uso de las palabras en tecnología varía según unas emergen y otras devienen menos relevantes. El "token" fue la medida del mundo cripto, pero está mutando por culpa de la industria de la inteligencia artificial. Así es como en ella se designa la unidad mínima de consumo. Cuando pides algo a tu IA, una máquina trocea tu petición en tokens, los procesa, y te cobra por ellos.
Y no es sólo cosa de Typeform. Hace apenas unos días, Anthropic lanzaba la última versión de su modelo más potente, cuyo nuevo sistema de procesamiento puede generar hasta un 35% más de tokens para el mismo texto que su predecesor. El precio por token no ha subido. La factura, sí. Es la magia de la inflación autocontrolada.
Interesante, ¿verdad? Lo que hasta hace poco era jerga de ingenieros de IA se está convirtiendo en la lógica económica del software que usamos cada día. Typeform tokeniza sus automatizaciones. Las plataformas de inteligencia artificial cobran por token consumido. Microsoft ha añadido a su Copilot un sistema de créditos sobre la suscripción base. Y todo ello marca tendencia. En el último año, el número de empresas SaaS que ofrecen modelos de precios basados en créditos o consumo se ha más que duplicado.
Se nos va un modelo que duró más de dos décadas: pagas una cuota fija al mes, y usas lo que quieras. Que funcionaba cuando el coste marginal de servir a un usuario más era despreciable. Pero cuando detrás de cada funcionalidad hay una llamada a un modelo de IA que consume recursos de computación reales y crecientes, la tarifa plana deja de ser sostenible para quien la ofrece. Alguien tiene que pagar los tokens, y ese alguien acaba siendo el cliente. Al menos cuando terminen de matarse entre ellas las empresas que pelean por el control del mercado, y queden los dos o tres vencedores de la ola de la IA en que estamos inmersos. Porque, de momento, la capacidad de "aguantar regalando" puede marcar la diferencia entre ganar mercado o ser irrelevante.
Para los directivos de las empresas que usan sus servicios, la consecuencia es incómoda: el coste de sus herramientas de software ha dejado de ser predecible. Ya no basta con saber cuántas licencias tienen contratadas; necesitan entender cuánto consume cada proceso, cada automatización, cada consulta a una IA. Gartner estima que en 2026 el 70% de las empresas proveedoras preferirán modelos basados en consumo frente al clásico pago por asiento. Si la predicción se cumple, estamos asistiendo a la mayor transformación en la economía del software desde que Salesforce inventó el SaaS hace un cuarto de siglo. Como muchos otros que estuvieron allí, no puedo evitar cierta perplejidad ante el viaje de ida y vuelta. Porque recordamos bien que fue la llegada de las tarifas planas de Internet lo que acabó con el viejo modelo de las telecomunicaciones, aquel en que se pagaba por minuto y por distancia. Cuando el coste de transmitir un paquete más se hizo despreciable, las tarifas planas arrasaron, y con ellas nació toda una generación de empresas de software que heredaron esa misma lógica: paga una vez, consume lo que quieras.
Pues bien, la inteligencia artificial está deshaciendo exactamente eso. Cada inferencia, cada respuesta de un modelo, cada automatización tiene detrás un coste de computación real y creciente. El token devuelve al software lo que el protocolo IP le quitó a las telecomunicaciones: un coste marginal que no se puede ignorar. Y con él, la necesidad de cobrar por lo que realmente se consume.
Veinticinco años para ir. Otros veinticinco para volver. Al final, lo que cambia no es sólo quién pone el contador sino, sobre todo, que nos lo vuelven a poner.
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