Aprehender no es una errata

Aprehender no es una errata

Julián de Cabo, CSO (Director de Estrategia) en Sngular y Profesor en IE Business School

Julián de Cabo

CSO (Director de Estrategia) en Sngular y Profesor en IE Business School

3 de julio de 2026

Un krausista en Cádiz

Mi tatarabuelo Alfonso Moreno Espinosa fue catedrático en el Instituto de Cádiz y cercano al krausismo. Un movimiento que dio origen a la Institución Libre de Enseñanza, probablemente el experimento educativo más ambicioso que ha dado España y que fue prólogo de la Generación del 98. Los krausistas creían en una idea radical para su época, y aparentemente también para la nuestra: que el maestro no está para llenar cabezas, sino para encender curiosidades. No para transmitir respuestas, sino para enseñar a amar la búsqueda de la verdad.

Ciento cuarenta y ocho años después, yo no sólo exhorto a mis alumnos de IE Business School a usar la IA, sino que les pido como trabajo final la URL de su conversación con ChatGPT con que contestaron la pregunta que les hice con un mes de antelación. Puede parecer que las dos cosas no tienen nada que ver, pero para mi están íntimamente conectadas.

¿Cuántos profesores recuerdas?

Haz el ejercicio. Cierra los ojos y trata de contar cuántos de los profesores que pasaron por tu vida te dejaron una marca real. No los que te dieron clase, sino los que te cambiaron algo por dentro. Si llegas a cinco, tuviste una suerte extraordinaria.

Los que recuerdas, con toda probabilidad, no fueron profesores. Fueron maestros. Y la diferencia no es semántica. Un profesor transmite su materia. Un maestro te enseña a pensar con ella. Un profesor llena. Un maestro enciende.

Mari Nieves era maestra. Castellana, de Valladolid. Madre de siete hijos y toda una señora. Enseñaba literatura. Pero decir que la "enseñaba" es quedarse muy corto: vibraba con ella. No pretendió jamás que aprendiéramos de memoria. Quería que leyéramos, que sintiéramos, que hiciéramos nuestras las palabras de otros hasta poder encontrar las propias.

Un día, en su clase, le describí el estilo de Góngora como "floripondioso". No existe esa palabra. Pero Mari Nieves me felicitó por haber dado con un término que lo decía todo sobre el autor. No me corrigió. No me pidió la definición canónica del culteranismo. Entendió que si un alumno es capaz de inventar una palabra que captura la esencia de un estilo literario, ese alumno ha aprehendido algo que ningún manual le va a quitar.

En otra ocasión se atrevió a hacer algo que hoy sería impensable: puso un examen de diez preguntas de las cuales siete eran sobre El Quijote. No sobre El Quijote como tema del programa, sino sobre El Quijote como libro que debíamos haber leído. Suspendió al 90% de la clase. Porque el 90% se había limitado a estudiar lo que decían otros sobre él. Confundieron aprender sobre el libro con aprender del libro. La misma confusión, por cierto, que hoy se reproduce cada vez que un alumno le pide a ChatGPT que le resuma un artículo en lugar de leerlo.

Aprehender con hache

Aprehender — con hache, que no es una errata — es algo distinto de aprender. Aprender es acumular. Aprehender es incorporar: hacer tuya una idea hasta que forma parte de ti y ya no puedes pensar sin ella. Una vez que has aprehendido algo, se convierte en una pieza sobre la que seguir construyendo. Amplía tu perspectiva. Te mejora. Y no te la quita nadie. "Floripondioso" era aprehender. Los apuntes de clase eran aprender.

Pitágoras fue matemático, filósofo, músico y algo parecido a un líder espiritual. Leonardo da Vinci pintaba, diseñaba máquinas de guerra, estudiaba anatomía y escribía tratados de hidráulica. No eran excepciones en su época; eran el producto natural de modelos educativos que no concebían el conocimiento como un conjunto de compartimentos estancos.

¿Qué hemos hecho desde entonces? Hiperespecializar hasta el absurdo. Un médico de hoy no lo es de un paciente, sino de un codo. Un abogado no entiende de derecho, sino de la cláusula 14.3 del contrato de distribución para el mercado asiático. Y un profesor — y aquí es donde la cosa duele — no enseña a pensar. Enseña a acumular datos inconexos sobre una materia que jamás engancha con las de al lado, ni con la vida que espera a sus alumnos fuera del aula.

Ortega lo formuló mejor que nadie en las Meditaciones del Quijote: "Un concepto no es más que el órgano con que aprehendemos las cosas. El que os da un concepto, el que os da una idea, os aumenta la vida y dilata la realidad en torno vuestro." No os da información. Os da vida. Esa es la diferencia entre un profesor que llena y un maestro que enciende.

El silencio de Cervelló

Hubo un profesor en mi Máster que también entendía esto. José María Cervelló dirigía una materia llamada Política de Asesoría que en apariencia era un conjunto de sesiones inconexas. Pero tenían un hilo invisible: hacernos ver las contradicciones del sistema. En una de ellas nos anticipó algo que años después viviríamos en directo: que nuestro sistema constitucional no estaba preparado para responder al caso de que alguna autonomía rompiera la baraja de forma unilateral. Agotó con nosotros todas las vías de recurso convencionales. Y cuando llegamos al límite sin saber qué más proponer, levantó la vista y preguntó: "¿Y entonces qué? ¿Mandamos al ejército?"

Nadie supo responder. Pero todos aprehendimos algo ese día. No una respuesta, sino la capacidad de seguir preguntando cuando se acaban las respuestas. Eso no se memoriza. Se incorpora.

Cervelló provocaba silencios incómodos. Dejaba tiempo para que la duda entrara en nuestra cabeza. Para que tuviéramos opción a considerar que el otro también tenía razón. Que su opinión abría ángulos que la nuestra no había contemplado. Pura mayéutica: no darte la respuesta, sino obligarte a encontrarla. Lo que hacía Sócrates en Atenas, lo que hicieron los krausistas en sus escuelas, lo que Harvard convirtió después en el método del caso. El mismo principio con distintos interlocutores a lo largo de veinticinco siglos. Cervelló jamás habría prohibido una herramienta nueva. Porque no nos daba respuestas; nos ayudaba a formularnos la pregunta correcta.

La misma película, con mejor resolución

Cuando llega una herramienta que amenaza con hacer irrelevante la acumulación de datos (porque la IA resume, clasifica y regurgita información mejor que cualquier humano), el profesor hiperespecializado entra en pánico. Porque lo que esa herramienta amenaza no es la educación, sino su modelo de educación. El que consiste en ser el guardián de un saber que ya no necesita guardián.

La reacción es siempre la misma: prohibir.

A mediados de los setenta, una encuesta de la revista Mathematics Teacher reveló que el 72% de los profesores de matemáticas en Estados Unidos se oponía a que los alumnos de séptimo grado — doce, trece años — pudieran usar calculadoras en clase. En 1986, un grupo de educadores protagonizó una protesta formal en el congreso del National Council of Teachers of Mathematics. Su argumento era impecable en la superficie: si les das una calculadora, nunca aprenderán a calcular. Una década después, todos los estados las permitían en sus exámenes y la discusión se había convertido en una anécdota.

Con Internet pasó exactamente lo mismo. Recuerdo bien el debate que se abrió en IE Business School hace más de veinte años, cuando empezamos a valorar la posibilidad de impartir cursos online. Los argumentos eran los de siempre: se perderá la relación personal, el alumno no se esforzará, el profesor será prescindible. Hoy, Coursera nació en Stanford, EdX la fundaron Harvard y MIT, y los mejores grupos de muchos programas de máster son los que se forman a distancia.

Y ahora la IA. La misma película, pero en 4K. Y con la misma respuesta instintiva: prohibir en lugar de pensar cómo integrar. Que pensar es muy estresante.

Lo que dicen los datos (y lo que callan)

En junio de 2025, el MIT Media Lab publicó un preprint titulado "Your Brain on ChatGPT" que hizo saltar las alarmas mediáticas. El estudio monitorizó la actividad cerebral de 54 participantes mediante electroencefalografía durante cuatro meses, divididos en tres grupos: los que usaban ChatGPT para escribir ensayos, los que usaban motores de búsqueda, y los que escribían solo con su cerebro. Los resultados fueron llamativos: el 83% de los usuarios de ChatGPT no era capaz de citar de memoria una sola frase de lo que acababan de escribir minutos antes. La conectividad neuronal del grupo con IA era hasta un 55% inferior a la del grupo que escribía sin asistencia.

Conviene hacer tres precisiones que raramente aparecen en los titulares. Primera: son 54 participantes del entorno académico de Boston; no es una muestra que permita generalizaciones rotundas. Segunda: es un preprint, no un estudio revisado por pares; sus propios autores advierten que las conclusiones deben tratarse con cautela. Y tercera, la más importante: el estudio mide lo que pasa cuando usas la IA como sustituto de pensar, no como herramienta para pensar mejor. Esa distinción lo cambia todo.

Porque paralelamente, un estudio chino-australiano publicado en el British Journal of Educational Technology (este sí revisado por pares) acuñó un término que merece perdurar: "pereza metacognitiva". Fan y sus colegas observaron a 117 estudiantes chinos mientras escribían ensayos con y sin ChatGPT. El grupo con IA obtenía mejores notas formales, pero no mostraba mayor ganancia de conocimiento ni capacidad de transferir lo aprendido a problemas nuevos. Los estudiantes copiaban y pegaban respuestas de la IA incluso cuando el sistema estaba expresamente diseñado para no escribir por ellos. No es que la herramienta sea mala. Es que nadie les había enseñado a usarla.

Y un tercer estudio, de la Universidad de Wuhan, certificó con 580 estudiantes universitarios lo que los anteriores insinuaban: la dependencia de la IA se correlaciona directamente con una reducción del pensamiento crítico, a través de un mecanismo tan simple como devastador: la fatiga cognitiva. Cuanto más delegas, menos te cansa pensar. Y cuanto menos te cansa, menos piensas.

La URL de la pregunta

Cuando me hice profesor decidí intentar hacer las cosas de otra forma. No me interesaba que recordaran los conceptos de que hablo en mis clases, sino que pensaran de otra manera al salir de ellas. Que descubrieran las conexiones entre las cosas. Que buscaran los porqués. Porque cuantas más conexiones descubre alguien, más se acerca al verdadero sentido de lo que estudia. Y más suyo lo hace.

Por eso llevo muchos años sin hacer exámenes. No creo en ellos. Durante mucho tiempo los sustituí por cuatro preguntas finales que mis alumnos debían desarrollar en un mes, con un límite estricto de extensión: una cara de folio para la respuesta, otra para las referencias. No me interesaba que repitieran lo que habían oído, sino comprobar si habían aprendido a separar lo importante de lo accesorio y eran capaces de sintetizarlo. Era mi modo de medir si habían aprehendido algo.

Hoy les pido otra cosa. No quiero la respuesta. Quiero la URL de su conversación con la inteligencia artificial. Porque la IA no es una amenaza para el profesor, sino una oportunidad excelente. En esa conversación se ve todo. Un alumno que empieza preguntándole a ChatGPT "escríbeme un ensayo sobre la transformación digital en banca" ha delegado su cerebro. En cambio, cuando veo a alguien que arranca preguntando qué marcos analíticos existen para evaluar el grado de madurez digital de un banco europeo, que cuestiona las fuentes que la IA le ofrece, que reformula tres veces la pregunta al no quedar satisfecho con la respuesta, y que termina construyendo un argumento propio usando la herramienta como lo que es —un asistente, no un autor— sé que esa persona ha aprehendido algo. Probablemente más que si hubiera escrito el ensayo a mano tras una búsqueda rápida en Google.

Entiendo que no puedes poner una herramienta de inteligencia artificial en las manos de un niño de cinco años. Pero tampoco puedes enseñar de espaldas a la que va a ser, con toda seguridad, la tecnología con la que tus alumnos van a enfrentarse a su vida profesional. Y si tu respuesta ante eso es prohibir, en lugar de repensar qué enseñas y cómo lo enseñas, el problema no es de la herramienta. Es tuyo.

Llevo treinta y cinco años buscando el mismo síntoma en los ojos de mis alumnos. Es difícil de describir pero imposible de confundir: en algún momento de la clase dejan de mirarte y empiezan a ver. Han dejado de seguir tu discurso para empezar a pensar por su cuenta. Cuando eso ocurre, ya no necesitan que estés allí. Tu misión está cumplida.

Lo que de verdad está en juego

Pero hay algo más, y es importante decirlo.

La comprensión profunda de las cosas no es solo una ventaja intelectual o profesional. Es una forma de libertad. Hannah Arendt lo formuló con crudeza: el sujeto ideal de la dominación totalitaria no es el fanático convencido, sino la persona para quien ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. El que no piensa con rigor no solo rinde peor; es más vulnerable. Más manipulable. Más dependiente de quien le diga qué creer.

Cuando un alumno delega su pensamiento en una máquina sin entender lo que la máquina le devuelve, no solo está perdiendo una oportunidad de aprender. Está renunciando a la capacidad de distinguir lo verdadero de lo plausible. En un mundo donde la IA genera textos indistinguibles de los escritos humanos, esa capacidad no es un lujo académico. Es una condición de supervivencia.

Por eso creo profundamente que enseñar a pensar no es ayudar a completar un currículo. Es una obligación moral.

Los datos del MIT parecen mostrar que delegar el pensamiento en la máquina atrofia. Los de la Universidad de Pekín añaden que sin metacognición se produce pereza intelectual. Pero ninguno de esos estudios demuestra que la herramienta sea el problema. Lo que demuestran es que, como viene sucediendo desde que se inventó la imprenta, el problema somos los que enseñamos. Porque cuando tu modelo educativo consiste en ser un dispensador de respuestas, cualquier máquina que dispense respuestas más rápido que tú te convierte en prescindible. Pero cuando tu modelo consiste en despertar la curiosidad, en hacer que un alumno quiera saber en lugar de tener que saber, ninguna máquina te sustituye. Te amplifica. Que es para lo que siempre sirvieron las máquinas.

Mi tatarabuelo aplicaba el método socrático en el Cádiz de 1878. Ciento cuarenta y ocho años después, el método sigue siendo el mismo. Solo ha cambiado quién responde.

Sócrates, el mejor maestro que dio la humanidad, lo tenía bastante claro. La clave está en aprender a formular las preguntas que te acercan al conocimiento. Por eso, cuando leo las cosas que se están diciendo sobre la IA y la educación, creo que estaría profundamente decepcionado con lo poco que hemos aprendido de su legado.

Julián de Cabo, CSO (Director de Estrategia) en Sngular y Profesor en IE Business School

Julián de Cabo

CSO (Director de Estrategia) en Sngular y Profesor en IE Business School

Julián de Cabo es CSO en Sngular, además de Presidente del Comité Académico en EDIX y Profesor en IE Business School. Enamorado de la tecnología, de la enseñanza y de las personas.


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